
El capitán vino del sur cuando todavía era un hombre o cuando estaba aprendiendo a dejar de serlo. Nadie le recuerda embarcado en su desamor remontando el East River bajo un remoto puente de Brooklin.
Ojos de olvido en el horizonte geométrico de cabos que cicatrizan el cielo.
Escondido lejos de babor o estribor, instalado siempre en la línea de crujía con sus dos piernas firmes sobre las tablas, sueña un futuro, envejeciendo a golpe de imágenes que le devuelvan su condición perdida. Apenas percibe Nueva York; nada le ata a la orilla al dejar atrás el puente de Williamsburg. Viento en las velas a la búsqueda del océano, al más allá del tiempo donde el presente desaparece entre las grietas de la herida: aquel fogonazo infausto.
Nada recuerda el capitán mientras cuenta las arenas en la playa de Nantucket.
Nueva York, Brooklin
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