
Era un niño espigado y moreno. Sin que nada lo pudiera remediar, producía incomodidad y fastidio en aquel maestro con varios años de experiencia profesional y unas primeras canas que hacían de puente entre una juventud apocada y una madurez pujante. Un niño ausente del día a día de un aula moderna en la que el maestro pasaba largas horas enfrascado en una tarea que, por momentos, pensaba absurda. Tantos años de dedicación y seguía como el primer día en su afán de abrir el interior de algunos niños. Sabía que fracasaba, pero asumía que una pequeña parte del pastel nunca sería suya.
Y allí se encontraba, un curso más, sintiendo la lejanía de una criatura de siete años a la que había que rescatar continuamente de mundos desconocidos donde se instalaba al menor descuido. Había llamado a sus padres en tres ocasiones tratando de encontrar el fallo, el error, el agujero por el que colarse. Siempre había aparecido su padre; un hombre elegante y nervioso que disculpaba enfermedades leves en su esposa, mientras rechazaba responsabilidades en su proceder. Era un muro construido con tenacidad, con la misma fuerza con la que actúa la enemistad.
Mientras miraba su reloj (las cuatro y cinco) pensando en dar otro golpe de piqueta a aquella pared, apareció bajo el marco abierto de la puerta del aula una mujer a la que recordaba con absoluta precisión. Ana caminó con la delicadeza que a él le era dado recordar, aunque ya no vestía aquellas faldas amplias y coloristas que años atrás le habían dado un cierto aire de persistente adolescencia. Ella tuvo que apreciar su sobresalto; él, su frialdad. No se besaron.
Se miraron en silencio durante un largo minuto, pero en ninguno de los dos se produjo una vuelta atrás. El recuerdo, travestido de actualidad, les impedía darse a la nostalgia. Dos seres sentados a ambos lados de una mesa con todo en común y nada en el horizonte. Historias nunca olvidadas, pero que ahora no tenían un asidero donde aferrarse.
Hubo paz y palabras pronunciadas con suavidad. Sólo hablaron de aquel niño que les unía; del único hilo que semejaba ajeno a los derroteros de sus dos vidas y que les reunía azarosamente años después de una separación que él nunca supo entender. Tras diez minutos, Ana sonrió; acababa de descubrir que él era un hombre cariñoso en el discurso atropellado y con aires pedagógicos que le escuchó. Y con su sonrisa, él se relajó; músculo a músculo, su cuerpo se reclinó en el adusto sillón mientras Ana comprendió su torpeza. Aquel hombre volvería a herirla irremediablemente si no actuaba con rapidez.
Escuchó los pasos tímidos de su hijo entrando en el aula; sintió como se sentaba en su regazo e hizo un amago de escudarse tras él. Le dio fuerzas el contacto físico del niño. Se levantó con lentitud mientras sujetaba con entereza la mano del pequeño. Fue entonces cuando le pidió que le diera un beso a su maestro. La orden fue cumplida de manera atolondrada por ambos ya que no era una rutina en el día a día escolar.
Mientras la veía salir, supo que nunca más los vería. Tampoco sospechó jamás que acababa de dar el primer y último beso a su hijo.


