
—No hagas ruido; nos oye.
—Ha pasado la medianoche y todavía no duerme. No lo dudes, cuando muera, sus pasos seguirán escuchándose en el fondo de su tumba.
—¿Llevaste todo lo que ordenó?
—Todo. Incluso podría haber quedado algo de mí. Pero tuve suerte, esta vez no lo insinuó. ¿No ves como nos consumimos día tras día en el fondo oscuro de su ceguera?
—Calla, parece que estuvieras refiriéndote al propio diablo.
—Quizá sea algo peor. Ya hace más de diez días que partimos y, que sepamos, no ha dormido. ¿Por qué ha tenido que detenerse en esta isla? Las bodegas están llenas. ¿Qué busca en las arenas de un lugar tan inhóspito como Nantucket?
—Cierto, ¡qué tierra tan estéril! Este viento helado la barre sin descanso y no hay abrigo que mitigue el intenso frío. ¿Por qué partimos con tanta precipitación? ¿Para acabar a pocas millas en un lugar donde no crece la hierba? Mejor estaría con mi Elsa cerca del fuego. Las horas se le van a esta cabeza afanándose en soñar tierras al sur y eso me produce dolor. ¡Qué desgracia la mía que ni navegando en fantasías obtengo placer!
—No entrarás nunca en calor. Él es el faro que nos hiela. Aquí o allá, su malquistado valor parece en perpetua pugna con su cobardía. ¡Maldita ignorancia! No sé ni a quién seguimos. Créeme si te digo que fue en mala hora aquella en la que me enrolé. Lo maligno siempre se vistió de negro y yo le tengo pavor a lo impenetrable y sombrío.
—¡Qué no escuche la palabra cobardía! Nos desollaría vivos.
—Cobarde o valeroso, ¡qué más da! Son caras de una misma moneda. Por eso y solo por eso, el que paga con ella sabe lo que compra.
—¡No quiero saberlo!
—¡Abre los ojos! Y, si no eres capaz de verlo, estoy seguro de que eres capaz de escucharlo. Ahora que el sonido de sus pasos es más claro y cercano, ¿no sientes la sangre agazapada en el intervalo de su zancada?
—¡Calla! Ha salido a cubierta y se dirige a la amura de estribor.
—Ahí lo tienes, como un fantasma firme y ausente que durante el día cuenta granos de arena y durante la noche, estrellas. Nunca algo que se pueda sujetar firmemente con las manos: pan que llevar a la boca o una cinta de seda que recoja el pelo de tu Elsa en el baile del sábado.
—Se ha vuelto. ¡Viene hacia aquí! ¡Quiera Dios que no seamos nosotros los que le hayamos sacado de sus pensamientos!
—¡Dios lo quiera!





