lunes, 11 de febrero de 2008

EL LOCO


Las cuadernas nunca crujen en la tempestad con la fuerza del loco de la bodega. Al anochecer, perdido entre los varios mamparos, el monstruo se agita haciendo gravitar espíritu y voz en el interior de su laberinto. Cuando esto sucede, todos salen a cubierta con la intención de lanzar amarras a un puerto inexistente. Son minutos de desconsuelo que sólo acaban cuando los marineros entregan parte de su tesoro. Todos acabamos pagando; nos puede el miedo a esa fuerza primigenia de la que nacimos y a la que no deseamos volver. Pagamos al contado en la única moneda que tiene valor en esta metáfora de ciudad: la esperanza. Tras ello, aumenta nuestro capital de certidumbres mientras nos dejamos invadir por la tristeza.

Imagen: http://www.talleronline.com/modules/gallery/album98/tempestad_001


domingo, 10 de febrero de 2008

SILENCIO

Un aire negro recorre la cubierta.

Una mirada fija la moneda de plata.

Son tiempos de silencio

mientras Dios se asoma por la borda.

No hay presagios;

las aves quedaron atrás

en aguas poco profundas.

Sólo la voluntad se deja ver en este yermo,

sólo la voluntad sola rodeando al capitán solo.

Nadie canta ni llora, ni ama;

nadie más allá de ese Dios engreído conoce.

Es la orfandad,

el desvalimiento navegando mar adentro

bajo el yugo del dominio.

Son tiempos de silencio y obediencia.

Imagen: www.paolaraab.com/images/Barco-De-Papel.jpg




domingo, 3 de febrero de 2008

EL MASCARÓN

No sé si había mascarón de proa. Sueño con uno recubierto de tonos dorados sobre el rostro de una mujer de hechuras clásicas. Lo sueño o, quizás, lo hubo; qué más da. En todo caso, sus brillos nunca se reflejaron en el interior del barco. Sólo los demás nos consideraban por aquella fría máscara.

Es verdad que el capitán nunca se asomaba al abismo de su cabellera y que por eso ella dominaba engañosamente el avance de la nave o... así lo pensaba el capitán. La realidad siempre fue bien distinta. Al abrirse las aguas, ninguna criatura marina albergaba duda alguna sobre lo que había más allá del disfraz: la cruel humanización de la muerte. El mascarón lo proclamaba sin disimulo. Sólo somos la piel por la que se nos reconoce, aunque a veces el capitán quisiera suponer que tras ella había un individuo ajeno a todo aquello que lo creó.

Y mientras, Dios reía saltando indolente sobre las aguas.


Imagén tomada de http://img208.imageshack.us/img208/9066/mg1000copiage2.jpg




sábado, 2 de febrero de 2008

LA MONEDA


Es la primera hora del día. El capitán Achab se asoma a cubierta y, mientras huele los vientos, se atreve a golpear de nuevo, con la mirada, el vínculo solidario que brilla aferrado a la madera. La débil luz devuelve un océano sobre el que navega una ciudad en los límites de babor y estribor. Mientras el fantasma se despereza allá dónde esté, la voluntad fijada en un mástil da cuerpo al ángel caído. Dios dándose al olvido del mundo. Mientras, el hombre buscándo su reflejo en una salina y luminosa moneda de plata clavada en una de las arrugas de su memoria.

Ilustración: Barco ballena, 2002, de Gabriel Macotela