
Las cuadernas nunca crujen en la tempestad con la fuerza del loco de la bodega. Al anochecer, perdido entre los varios mamparos, el monstruo se agita haciendo gravitar espíritu y voz en el interior de su laberinto. Cuando esto sucede, todos salen a cubierta con la intención de lanzar amarras a un puerto inexistente. Son minutos de desconsuelo que sólo acaban cuando los marineros entregan parte de su tesoro. Todos acabamos pagando; nos puede el miedo a esa fuerza primigenia de la que nacimos y a la que no deseamos volver. Pagamos al contado en la única moneda que tiene valor en esta metáfora de ciudad: la esperanza. Tras ello, aumenta nuestro capital de certidumbres mientras nos dejamos invadir por la tristeza.
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