sábado, 12 de mayo de 2007

CRUCE DE CAMINOS


Era un niño espigado y moreno. Sin que nada lo pudiera remediar, producía incomodidad y fastidio en aquel maestro con varios años de experiencia profesional y unas primeras canas que hacían de puente entre una juventud apocada y una madurez pujante. Un niño ausente del día a día de un aula moderna en la que el maestro pasaba largas horas enfrascado en una tarea que, por momentos, pensaba absurda. Tantos años de dedicación y seguía como el primer día en su afán de abrir el interior de algunos niños. Sabía que fracasaba, pero asumía que una pequeña parte del pastel nunca sería suya.
Y allí se encontraba, un curso más, sintiendo la lejanía de una criatura de siete años a la que había que rescatar continuamente de mundos desconocidos donde se instalaba al menor descuido. Había llamado a sus padres en tres ocasiones tratando de encontrar el fallo, el error, el agujero por el que colarse. Siempre había aparecido su padre; un hombre elegante y nervioso que disculpaba enfermedades leves en su esposa, mientras rechazaba responsabilidades en su proceder. Era un muro construido con tenacidad, con la misma fuerza con la que actúa la enemistad.
Mientras miraba su reloj (las cuatro y cinco) pensando en dar otro golpe de piqueta a aquella pared, apareció bajo el marco abierto de la puerta del aula una mujer a la que recordaba con absoluta precisión. Ana caminó con la delicadeza que a él le era dado recordar, aunque ya no vestía aquellas faldas amplias y coloristas que años atrás le habían dado un cierto aire de persistente adolescencia. Ella tuvo que apreciar su sobresalto; él, su frialdad. No se besaron.
Se miraron en silencio durante un largo minuto, pero en ninguno de los dos se produjo una vuelta atrás. El recuerdo, travestido de actualidad, les impedía darse a la nostalgia. Dos seres sentados a ambos lados de una mesa con todo en común y nada en el horizonte. Historias nunca olvidadas, pero que ahora no tenían un asidero donde aferrarse.
Hubo paz y palabras pronunciadas con suavidad. Sólo hablaron de aquel niño que les unía; del único hilo que semejaba ajeno a los derroteros de sus dos vidas y que les reunía azarosamente años después de una separación que él nunca supo entender. Tras diez minutos, Ana sonrió; acababa de descubrir que él era un hombre cariñoso en el discurso atropellado y con aires pedagógicos que le escuchó. Y con su sonrisa, él se relajó; músculo a músculo, su cuerpo se reclinó en el adusto sillón mientras Ana comprendió su torpeza. Aquel hombre volvería a herirla irremediablemente si no actuaba con rapidez.
Escuchó los pasos tímidos de su hijo entrando en el aula; sintió como se sentaba en su regazo e hizo un amago de escudarse tras él. Le dio fuerzas el contacto físico del niño. Se levantó con lentitud mientras sujetaba con entereza la mano del pequeño. Fue entonces cuando le pidió que le diera un beso a su maestro. La orden fue cumplida de manera atolondrada por ambos ya que no era una rutina en el día a día escolar.
Mientras la veía salir, supo que nunca más los vería. Tampoco sospechó jamás que acababa de dar el primer y último beso a su hijo.



viernes, 11 de mayo de 2007

RUFUS WAINWRIGHT


Cuando escucho música de Rufus Wainwright no puedo dejar, en ocasiones, de sentirme como cuando era niño bajo las sábanas de la cama: dueño de un espacio personal en el que me fortificaba frente a lo ajeno. Rufus posee lo íntimo en su versión grandiosa. El tiempo condensado y dislocado bajo la tela blanca apuntando al héroe de la última película de un pueblo perdido entre viñedos. El Cid o Arturo recorriendo a lomos de caballos blancos e inmaculados territorios de conflictos mientras el sueño fundía en negro lo que nunca pasaría al territorio de lo público.
Mientras lo escucho, aparece, también en ocasiones, el maestro que llevo dentro, para volcarme en un escenario donde niños vestidos con mallas de colores vivos mueven cintas con ritmo minimalista. Intimidad casi religiosa para refrendar lo excepcional de la vida en que nos vemos sumergidos. Explosión de luz para aunar la emoción singular que anida en cada uno de nosotros.
El espectador del niño solo podía abrir los ojos sintiéndose agradecido por la hazaña; el del hombre, solo podría aplaudir al sentirse embarcado de verdad en aquel Pequod al encuentro de su grandeza.





jueves, 10 de mayo de 2007

CONSTRUCTIVISMO DE VUELTA


¡Qué tiempos estos en los que la escuela, situada ante la jerarquía y sus consiguientes directrices, se hace pequeña y permeable y obediente! (es un buen momento para colocar conjunciones copulativas que transmitan la imposibilidad de salir de las servidumbres anunciadas por los adjetivos).
El director general cuenta el siguiente chiste: un maestro da instrucciones a sus alumnos del tipo de "copien", "dejen un margen de dos centímetros a la izquierda", "utilicen bolígrafo de color azul" "contesten según el esquema"... En un momento determinado utiliza una instrucción de signo diferente: "elijan". Los niños que hasta entonces guardan un silencio respetuoso, dicen: "Elegir, elegir... ¿qué quiere decir elegir?"
Y los maestros presentes ríen la gracia (por cierto, la gracia no era suya -del director general-; era de un dibujante que ahora no recuerdo).
Y yo siento que se me abren las carnes (disculpas por la metáfora). Hemos vuelto a caer en las redes de pedagogos-predicadores cuyos dictámenes siempre salen gratis -a ellos-, mientras que los demás pagan durante generaciones su ligereza e ignorancia.
¡El constructivismo ataca de nuevo!
El hecho de que una escuela proponga modelos sin grandes disyuntivas que produzcan la satisfacción de poder elegir, no significa que esté abocada a la producción de seres acríticos. Solo a partir de la asunción de un modelo, el niño o el adolescente o el adulto pueden proponer alternativas creíbles. Nadie crea desde la nada. Mi ateísmo de hoy vino precedido de una catequesis exhaustiva.
Volvemos a los procedimientos. Y no tengo nada en su contra. Pero una visión de la escuela centrada abusivamente en el cómo debo hacerlo, volverá a producir millones de niños perdidos, deambulando a la busca del camino correcto, porque el maestro seguirá inhibiéndose de dar soluciones y solo se dedicará a proporcionar un ambiente que favorezca la búsqueda.
El constructivismo es un sistema extraordinario para el que posee un suelo cultural-educativo de primer orden, por eso, los universitarios deberían verse sumergidos en él (concedo que también puede ser estimulante para los cuatro primeros años de vida). Pero, entre los alumnos de primaria conduce a resultados odiosos: aquellos que poseen un ambiente casero adecuado "progresaran adecuadamente" mientras que los niños que procedan de situaciones marginales al fenómeno cultural seguirán alejados de su centro.
Pedagogos, ¡qué modernos y progres, pero qué injustos!


sábado, 5 de mayo de 2007

ANONIMATO


Giro en el tiovivo de la impostura mientras soy incapaz de volver la mirada a ese punto que nos devuelve la cordura, la realidad. Voy o vengo a través de retales variados sumergidos en mentiras. Cada uno de ellos me dibuja en la esencia concreta de una máscara mientras sigo girando ajeno a las miradas de los otros, las que deseo pero que nunca se corporeizan. Nadie me mira subido en ese caballito que sube y baja; todo lo ocupa una música chillona que apaga los sentidos. La cresta de la ola solo me eleva a la soledad de un fotograma en blanco y negro de posguerra provinciana. Simulo el anonimato sin saber que estoy instalado en él.





miércoles, 2 de mayo de 2007

¡A LAS BARRICADAS!


¡Qué lejos duermen los días de juventud! ¡Y qué difícil les resulta a ciertas personas reconocer que aquel tiempo dormita ajeno a los moderados vientos que rigen nuestros días! Se agitan con bríos nuevos y no perciben la impostura. La ingenuidad adolescente preside su discurso mientras lo patético se adueña de su actuación. ¡Ay de aquellos que olvidan el mensaje de la piel cuarteada y los cabellos canos!
En el día de hoy escuché, con voz altisonante y con el claustro de profesores como auditorio, que lo hecho por nuestra Conselleira de educación no lo recogían los anales ni en los duros tiempos de Franco. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo un hombre de cincuenta y muchos años, aburrido y amargado por la carrera ininterrumpida de los cursos escolares extiende las plumas para anunciar urbi et orbi que el gallo no ha muerto?
--¡A la huelga!
¿Y los jóvenes? Creo que durmiendo el sueño eterno de la vejez a través de un silencio apolillado.
Me viene al teclado el exabrupto de Romanones: "¡Qué tropa!". (Estoy casi seguro de que es un final injusto o, por lo menos, poco caritativo. Ya veremos).