Me asusta la ligereza con la que se persiguen objetivos deseados y públicos. Apenas el rigor imprime carta de naturaleza a aquellos sucesos pensados para ser de dominio público. Vivimos tiempo de ruido, del sonoro y del metafórico. Recorremos caminos amenazados por nuestra propia incuria; ¿quién se atrevería a cortar una sola brizna de hierba del suelo que pisamos? Nos manifestamos inermes mientras la naturaleza invade la única ruta que nos es dado recorrer. Y ya no es posible percatarnos del peligro.
Ayer contemplé como personas de procedencia y educación diferentes eran incapaces de ver lo obvio en un acto público escolar celebrado en un municipo vecino: a la llegada, el colegio estaba cubierto de desperdicios producto de manos escolares poco dadas a la limpieza y de un profesorado ajeno a lo pedagógico; el aspecto externo del centro presentaba un aspecto lamentable: uralitas viejas, desconchados, humedades, pintadas...; la organización asumía, entre otras cosas, que un orden previo era innecesario; que la comida se sirviera tras una hora desesperante de hastío (del que, en el mundo infantil, nace muchas veces la agresividad); que, si las previsiones de asistencia se hubieran cumplido, comer se habría convertido en un tormento de difícil solución; que no se entregaran los regalos prometidos... Pero había felicidad a mi alrededor.
Hemos entrado en la jaula de las fieras; tan adentro que ya no vemos los barrotes ni el peligro. Somos pura inercia despreocupada: echamos la cabeza hacia atrás mientras el aire mueve nuestros cabellos.

