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Ayer la vimos. Fue por estribor, cuando nada hacía suponer que sucediera algo extraordinario. Uno de nosotros abrió los ojos y las sombras parecieron tomar vida en nuestro particular muro de cubierta. Fueron segundos de conocimiento con sabor a prodigio, aunque con resaca y final rayano en la impostura y el engaño.
Estuvo cerca de nosotros. Reconocimos el agua salpicando su blanca piel. Nos juramos la certidumbre de lo improbable…
Pero nos rodeaba el mar inmenso y magnífico. Quizá fue por eso, por lo que uno de nosotros volvió a cerrar los ojos mientras se llevaba a los labios otro trago de cerveza.
Y volvimos a ver sólo sombras; tal vez, sólo el viento en su apagado reflejo en las velas.

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