
No sé si había mascarón de proa. Sueño con uno recubierto de tonos dorados sobre el rostro de una mujer de hechuras clásicas. Lo sueño o, quizás, lo hubo; qué más da. En todo caso, sus brillos nunca se reflejaron en el interior del barco. Sólo los demás nos consideraban por aquella fría máscara.
Es verdad que el capitán nunca se asomaba al abismo de su cabellera y que por eso ella dominaba engañosamente el avance de la nave o... así lo pensaba el capitán. La realidad siempre fue bien distinta. Al abrirse las aguas, ninguna criatura marina albergaba duda alguna sobre lo que había más allá del disfraz: la cruel humanización de la muerte. El mascarón lo proclamaba sin disimulo. Sólo somos la piel por la que se nos reconoce, aunque a veces el capitán quisiera suponer que tras ella había un individuo ajeno a todo aquello que lo creó.
Y mientras, Dios reía saltando indolente sobre las aguas.
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