Cuando escucho música de Rufus Wainwright no puedo dejar, en ocasiones, de sentirme como cuando era niño bajo las sábanas de la cama: dueño de un espacio personal en el que me fortificaba frente a lo ajeno. Rufus posee lo íntimo en su versión grandiosa. El tiempo condensado y dislocado bajo la tela blanca apuntando al héroe de la última película de un pueblo perdido entre viñedos. El Cid o Arturo recorriendo a lomos de caballos blancos e inmaculados territorios de conflictos mientras el sueño fundía en negro lo que nunca pasaría al territorio de lo público.
Mientras lo escucho, aparece, también en ocasiones, el maestro que llevo dentro, para volcarme en un escenario donde niños vestidos con mallas de colores vivos mueven cintas con ritmo minimalista. Intimidad casi religiosa para refrendar lo excepcional de la vida en que nos vemos sumergidos. Explosión de luz para aunar la emoción singular que anida en cada uno de nosotros.
El espectador del niño solo podía abrir los ojos sintiéndose agradecido por la hazaña; el del hombre, solo podría aplaudir al sentirse embarcado de verdad en aquel Pequod al encuentro de su grandeza.
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